El primer año de Friedrich Merz al frente del Gobierno alemán ha estado marcado por una intensa actividad política, tensiones internas y un creciente descontento social. Su coalición con el SPD nació frágil y nunca logró proyectar estabilidad.
Merz impulsó numerosas iniciativas legislativas, pero las grandes reformas —pensiones, sanidad, modernización del Estado— avanzaron poco. La percepción pública dominante es la de un gobierno muy activo, pero con resultados limitados.
En política exterior, Merz buscó reforzar el papel global de Alemania, aunque las relaciones con Estados Unidos se tensaron. El apoyo a Ucrania se mantuvo como eje central. En defensa, el Ejecutivo aprobó un aumento histórico del gasto militar y un gran fondo para infraestructuras estratégicas.
La política migratoria se endureció y redujo las llegadas, pero no mejoró la popularidad del gobierno. Paralelamente, la ultraderecha siguió creciendo en las encuestas, reflejo de un clima social más polarizado.
Con una economía débil y una ciudadanía mayoritariamente insatisfecha, el primer año de Merz deja un balance mixto: mucha ambición, poca cohesión y un país inquieto ante los desafíos que vienen.
